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Sabéis que no soy la persona más indicada en la hora de elogiar un juego RPG (sé buenos conmigo, cada uno tiene su género preferido y punto), pero me deparé un título que me hizo cambiar, y mucho, las ideas que tenía sobre esas historias mágicas y sus largos tutoriales.

Divinity II – Ego Dragonis es el nombre del milagroso RPG que vino para evangelizar mi corazón, consigue fundir características medievales, fantasmas y acción en un camino lleno de misterios, combates y dragones, muchos dragones. El protagonista inicia la historia como aprendiz de Matadragones, una especie de ser, no humano obviamente, que lleva consigo algunas de las grandiosas habilidades de los dragones, necesarias para conseguir vencerlos en los muchos combates que enfrenta.

El juego empieza con una edición bastante sencilla del personaje – siendo permitido elegir poco más que el pelo, voz, cara y algunos detalles como cicatriz y tatuajes  -  y se va desarrollando a un ritmo constante y que sorprende, sobre todo por la capacidad de mantenernos enganchados a la historia, y a lo que puede suceder constantemente.

Seremos parte de Rivellon, un simpático pueblo que vuelve a ser atormentado por peleas mal resueltas en el pasado, amenazando la paz y tranquilidad de sus ciudadanos, la mayoría de ellos guardias.

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Como todo RPG, las habilidades y escojas del protagonista deciden la trama y aquí, tendremos diálogos bien trabajados, que permiten ser borde o majo, práctico o liante. De entre los poderes que podrás elegir está el leer la mente de las personas con quien hablas y hasta volar.

Los gráficos y la grandiosidad de escenarios cierran con llave de oro ese título que mezcla de forma más que feliz grandes características de un excelente RPG, con un trabajo digno de obtener grandes resultados y horas y horas de diversión.  Cuidado, Divinity II – Ego Dragonis es adictivo.

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